Pensé que conocía la tristeza en todas sus dimensiones; aquella de los fugaces amores de verano, las tardes de domingo, la lluvia a través del cristal, el adiós inesperado, las ventanas, las noches de luna y su reflejo en el agua; las insatisfacciones mismas de la propia existencia humana.
Creí haberla conocido también en los poemas de Neruda, el misticismo de Borges, la desgarradora ausencia en las narraciones de Cortázar, en el dilema existencial de Hanlet, en los evangelios de San Juán, en el epistolario de Freud o las biografías de Stefan Zweig, la absurda soledad de van Gogh, la muerte de Diana, el diario de Colón, las eternas canciones de Silvio, los conmovedores abrazos de aeropuertos, en las ausencias, la memoria, la esperanza, la melancolía y el olvido.
El diccionario la define como: un estado afectivo provocado por un decaimiento de la moral. La sicología moderna la describe como una de las emociones básicas del ser humano, que es experimentada por quién la padece como una emoción negativa, sin embargo, como todas las emociones posee una función adaptativa para nuestra existencia. Su función es contactarse con el dolor frente a las pérdidas para poder asumirlas y adaptarse a vivir sin ellas. Se manifiesta en una actitud de recogimiento y sentimientos de incompletud y falta.
Pensé que conocía por experiencia directa la amplitud de esa manifestación humana, hasta que asistí el pasado 11 de septiembre a la ceremonia en homenaje a las víctimas del atentado terrorista a las Torres Gemelas, lo que hoy se denomina "Zona Cero".
Al cruzar la cerca que marca el perímetro, y bajar las escaleras hacia el área delimitada para los familiares de las víctimas y sus ofrendas me encontré en medio de una escena para el que no estaba preparado y que me revelaría un nuevo significado de la palabra "tristeza".
Aquel denso silencio indescriptible; cientos de personas caminaban sin rumbo aparente, las miradas perdidas, las expresiones de incertidumbre, los carteles y mensajes, las disimuladas lágrimas y el dolor profundo que se podía percibir en el aire como un olor, mientras unas voces omnipresentes relataban en altavoces los miles de nombres involucrados en aquella tragedia.
Me senté en silencio, contuve el aliento y apenas tuve valor para tomar algunas imágenes: